domingo, 7 de octubre de 2012

A mi oculista cubana.

(Wikipedia)

Por Manuel da Roura .

Érase una mujer de bata blanca
Espigada elegante y muy bonita,
Oftalmóloga la nombran los que saben
y en lenguaje popular es oculista.
Érase mi llegada al consultorio:
los saludos de rigor, el ¡buenos días!
¿Cómo está señor Manuel? ¿Cómo le va?
Acomódese aquí en esta silla,
Tápese el ojo izquierdo con la mano
para que lea con el otro las letricas.
Y si puede, señor Manuel, si las distingue,
dígame también las pequeñitas.
La doctora de quien estoy hablando,
después de pasar su vista por mi vista,
me pone en la cabeza un aparato
que , a veces, en la frente me lastima.
Una luz brillante como un faro
reverbera molestosa en la pupila,
y un zigzag de intromisión invade el ojo,
iris, esclerótica y retina.
Cuando la doctora, minuciosamente,
da por terminada la revista,
empuña con su mano vigorosa
el plateado acero de las pinzas
y atenazando un pelo majadero,
que en el párpado mayor se interioriza,
con un solo tirón, ¡con uno solo!,
afronta el pestañeo y me lo quita.

( Manuel Silva Fernández, 
desde Caracas, Venezuela)